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El tronco del árbol simboliza la era del paraíso, el cual emerge de esa Semilla perfecta: esa edad dorada antes de la historia registrada, cuando hay unidad de creencia, cultura, idioma y gobernanza. Ese período de civilización perfecta cuando no hay diferencia entre la teoría y la práctica de la vida en armonía. A las personas en ese tiempo no les falta nada y están totalmente satisfechas.
La cercanía del tronco a la semilla simboliza cómo las almas en ese tiempo personifican las cualidades de Dios, viviendo la vida basados en los principios de verdad y sabiduría. La verdad final de que somos almas, no cuerpos. Tales almas se recuerdan en historias y leyendas como dioses y diosas, pero ya muy pocos entienden que tales seres divinos, en realidad una vez caminaron sobre nuestra Tierra.

Crecimiento y sobrecrecimiento

A medida que crece el árbol, su tronco naturalmente se expande en tamaño. Similarmente, la población humana se expande. Aparecen más hojas (almas humanas) en el árbol. Descienden del mundo de las almas para interpretar su papel en la tierra. Así como las hojas de manera natural cambian su estado de brote y comienzan a abrirse, de la misma manera las deidades se abren a una mayor implicación en el mundo físico y a preocuparse por el cuerpo físico, el templo del alma. Completamente inocentes del hecho de que están perdiendo conciencia de su verdadera identidad en el proceso, también pierden contacto con su naturaleza original de pureza, paz y verdad.

El paraíso perdido

Este cambio en la conciencia trae un marcado decaimiento en el poder, la pureza y la habilidad de discernir lo correcto de lo incorrecto. La divinidad se va. El paraíso se pierde. Gradualmente hay la experiencia de algo diferente a la paz y la felicidad. Emergen sentimientos extraños e incómodos. Llega la incomodidad, la injusticia, la agitación y la falsedad. Estos ‘insectos' carcomen muchas de las hojas y las acciones humanas son motivadas por demandas cada vez mayores de posesiones, prosperidad, posición y poder. Habiendo perdido la maestría del ser, las almas se vuelven esclavas de sus deseos.

Emergen nuevas ramas

A medida que la unidad del tronco pierde su integridad, la mente comienza a buscar la verdad y los corazones anhelan consuelo. El recuerdo de Dios, la Semilla, reemerge de las profundidades de la psiquis humana. Esto intensifica la búsqueda de la verdad. En respuesta, hacen su entrada las grandes almas profetas: Abraham, Buda, Cristo y Mahoma, trayendo respectivamente mensajes de un retorno a la rectitud, concienciación, de esperanza y perdón y firmeza. Cada alma profeta establece la fuerte rama de una gran religión en el Árbol de la familia humana. Los ideales de ley, iluminación, amor y entrega, manifiestan ahora importantes diferencias de enfoque.

Caos y confusión

Emergen muchas hojas nuevas en las ramas a medida que el tamaño de la familia humana aumenta drásticamente. A medida que la búsqueda de la autorrealización y la verdad dan cabida al surgimiento de creencias y formas de pensar divergentes, sobrevienen el caos y la confusión. Cada rama principal se diversifica en ramas y ramitas más pequeñas. Cultos e ismos emergen. Mientras tanto, dentro del tronco central de la humanidad se afianza la adoración de la naturaleza y de los seres humanos como gurúes. La familia humana ahora está dividida por color, raza, religión e ideología. Su creciente disfuncionalidad se refleja en el correspondiente aumento de calamidades naturales, enfermedades mentales y físicas, pobreza y muerte prematura.

El árbol alcanza su límite de crecimiento

En esta intranquilidad siempre creciente, más y más personas buscan a Dios. Pero al no conocer quién es Él realmente o qué hace Él, no le pueden encontrar y por tanto surge la duda de Su mera existencia. La búsqueda de la verdad llega a enfocarse exclusivamente en la evidencia física, dando lugar a maravillosos avances en la ciencia y la tecnología. Rápidamente prolifera la fe en la veracidad y el poder de la ciencia, a la vez que la religión y la filosofía se vuelven materialistas y politizadas. Mientras tanto, entre las ramas, la fe se convierte en fundamentalismo, a medida que los que se aferran tenazmente a las creencias tradicionales se sienten impulsados a defender sus puntos de vista violentamente. La religión, el idioma, la cultura realmente se han alejado demasiado de sus raíces en la divinidad.

El árbol alcanza su límite de crecimiento. Sus raíces están en estado de descomposición, su tronco escasamente visible entre su retortijado enredo de ramas caídas. Cada alma cuelga impotente, como una hoja solitaria en una ramita de un árbol invernal.

 

Dios, la Semilla, regenera el árbol

Pero antes de que la vieja vida perezca, la Semilla, el Creador del árbol, le confiere una nueva vida. Dios, la Semilla del árbol de la familia humana, revela cómo, lo que una vez fue, puede volver a serlo de nuevo. Despiertas por el advenimiento de esta Semilla y sacando fuerza y sustento al formar una relación renovada con el Único, las almas humanas individuales se convierten en las nuevas raíces, la base desde la cual puede emerger un nuevo y joven brote. Comienza la regeneración de la familia humana.

Medite profundamente, visualizándose como un alma de la raíz, sentado cerca de Dios, la Semilla de nuestra familia humana. Extraiga de esa Semilla la esencia eterna de todo lo que se puede lograr en la vida. Permanezca debajo del dosel del conocimiento de nuestro árbol de la familia humana y todos sus deseos puros serán satisfechos.

 

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